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miércoles, 23 de junio de 2010

Nampula, 23 de Junio del 2010

Hablando hace un rato con una profesora de Cuba, me decía que ella habla con su marido durante quince minutos todos los domingos. Lleva así dos años y su contrato es de tres. No me explico cómo es capaz de aguantarlo. Aun así, según ella, hay otros cubanos que sólo hablan con su familia una vez al mes.

El otro día, una médica cubana que está colaborando en el Hospital de Nampula me decía que estuvo tres años en Zimbabwe hace tiempo y que, ahora, se había venido otros tres a Nampula. Estaban construyendo su casa y necesitaba dinero para ello. Por eso estaba aquí.

Son los mejores especialistas de su país, gente con muchísimos años de experiencia. Se involucran en el proyecto de una forma admirable sin recibir por ello un trato diferente ni preferencial. Son auténticas máquinas de trabajar. Su capacidad de sacrificio es digna de admiración. Y, aun así, han de salir y realizar este tipo de misiones para poder aumentar sus ingresos.

Luego, cuando alguno de ellos te comenta que no puede mantener una conversación con su familia a través de internet porque ese tema está muy censurado en su país, cuando te dicen que no disponen de teléfono fijo al que llamar para que les salga más barato (y, así, poder llamar más a menudo), yo me pregunto ¿por qué no tenéis un acuerdo con quien os contrata para, al menos, garantizaros una buena comunicación con la gente que queréis?

No me cabe en la cabeza, no me salen las cuentas. Están acostumbrados a dar muchísimo a cambio de muy poco.

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